Lejos de los clichés de la cocina china, lejos también del sushi fotocopiado y del peruano fashion, la escena de los restaurantes étnicos en Buenos Aires vive hoy un cambio fundamental. Nuevas propuestas y sabores en una ciudad que siempre se creyó cosmopolita, pero que recién ahora se anima a serlo.  

Encontrá la nota completa en el número de marzo.

EDITORIAL. Viejas y nuevas costumbres
Por Javier Rombouts

Allá por los primeros 90, con un grupo de amigos intentamos un experimento que salió mal. Una vez por mes, íbamos a comer a algún restaurante que presentara en su menú una oferta étnica distinta. La idea, en ese espacio frágil de la teoría, era buena: platos exóticos, charlas exóticas, bebidas exóticas.

No llegamos a los seis meses de aventura.

La cocina étnica de ese entonces se parecía un poco a esos retratistas callejeros que buscan a través de la caricatura encontrar nuestro verdadero yo oculto. Nunca la pegan. O sobran orejas o falta nariz o el pelo es escaso o demasiado (¡¿Y por qué esos anteojos si no usamos gafas?!). Como los retratistas callejeros, el étnico de entonces retrataba los platos de allende los mares como si fueran caricaturas: o sobraba curry o faltaba picante o eran malas fotocopias de mexicano, hindú, japonés, chino o thai, escondidas detrás de lucecitas de colores, velas, banderitas y un par de objetos decorativos más o menos simpáticos. Algo está claro: nosotros también éramos bastante snobs y por tener una cantidad más o menos prudente de sellos en los pasaportes nos creíamos el viajero gourmet. O unos Anthony Bourdain de cabotaje, aunque el nombre de Bourdain no cotizara en esos primeros 90 como cotiza ahora.

En todo caso, se trataba de una farsa para farsantes. Y ni siquiera de ese modo funcionaba.

Saltemos un aproximado de 20 años. Caigamos en este 2013. Ya brindamos, ya nos fuimos de vacaciones, ya volvimos. Y aunque estemos otra vez agotados, podemos asegurar que algo ha cambiado en la cocina étnica: ahora es auténtica. O, al menos, lo es en algunos sitios, en pequeños restaurantes a puerta cerrada, en fiestas con fuerte presencia de expats. Es que esa inmigración -tanto anglo como latina- fue cambiando los rasgos de los platos étnicos: ahora quienes los cocinan son naturales de esos países, de esa cultura. Y saben lo que hacen. Y los que comen también saben lo que comen.

Esta nueva cocina étnica dejó de lado mucho snobismo y se volvió algo más cotidiano, más fácil, más amigable. De ninguna manera volveríamos a juntarnos con amigos para ir a comer una vez por mes a ciertos lugares por contar en su menú con platos exóticos. Nosotros también dejamos de lado cierto snobismo; nos volvimos más cotidianos, más fáciles, más amigables. Y aprendimos a comer mejor.

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Además, en este número:

+ Ricardo Darín después de la tormenta.
+
¿Qué es la ecoangustia?
+ China:
muralla, templos y dragones.  

... y mucho más!

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